dijous, 23 d’agost de 2007

Sobre metal


Como siempre salgo tarde, algunas veces he intentado esforzarme en salir antes pero entonces se me olvidan cosas y tardo más, a mi compañero siempre le molesta esperarme, no es que lo culpe pero me extraña que no esté acostumbrado después de tanto tiempo siguiendo la misma rutina cada tarde. Después de mirar si hay correo salimos hacia la entrada del metro de Maragall de Ramón Albó. Alguna vez entramos por la otra entrada pero solo si tenemos que pasar por el quiosco. La línea azul del metro es una caja de sorpresas, hoy va bien y mañana ya no va, pero en esos casos se puede coger la amarilla y hacer algún trasbordo más para llegar hasta Diagonal y coger el tren de FGC, o los “ferrocatas”, como los llama todo el mundo. El metro no tiene mucho con lo que distraerse lo que ayuda a que se creen conversaciones para pasar el tiempo, hasta ahora no se me ha pasado la parada ninguna vez pero no me extrañaría que algún día pasara.

Es fascinante el espectáculo que se produce mientras esperas el tren de Sabadell que lleva hasta la UAB. Yo estoy acostumbrada a hacer el viaje al campus de Mundet de la UB y se me hace muy largo ya que dura casi una hora desde que sales de casa hasta que llegas a clase. Al menos la vista acompaña a la distracción durante el camino en tren. Al principio las paradas son todas muy cortas y se salta bastantes, como la de las Tres Torres que siempre confundo con las Tres Heures. Mi compañero siempre se ríe.

La estación de la Floresta, fuera de la ciudad de Barcelona, es de mis favoritas, me encanta. Tiene un parque precioso pero me lo que más me llama la atención es aquella señora con pamela que se sienta en los bancos de la estación. No hay tarde que no esté allí pero hace unas semanas pasaron tres días sin que la viera. No sabía que pensar y me sentía un poco inquieta al no saber que era de aquel personaje misterioso que se había vuelto tan cotidiano en mis viajes a la universidad. Pasados aquellos tres días volvía a estar sentada en su banco, me descubrí suspirando al volverla a ver. Imagine que se había ido a un viaje maravilloso, a una ciudad llena de sombreros, pero que por alguna enigmática razón no quería cambiar el suyo; quizás hubiese estado enferma, pero creí que no le importaría que su pequeña desaparición me sirviera para fantasear con nuevas historias sobre su presencia en aquel banco y su pamela.

Sant Cugat, cómo no fijarse, cada dos meses tengo visita con el homeópata, difícilmente no me llamaría la atención. Más de un día he estado a punto de bajarme y dirigirme hacia la consulta del médico como un autómata, menos mal que mi compañero irrumpe en carcajadas cada vez que me pasa y vuelvo a la realidad. Unas pocas paradas más y ya está la universidad. Siempre me causa la misma impresión de paz, rodeada de árboles y sin el alboroto de la ciudad. El camino es de arena y piedras, más cansado de recorrer en verano por el sol y más frío en invierno, pero siempre se dibuja como el mismo camino pedregoso que lleva hacia las aulas de la universidad.

El viaje es largo pero no siempre resulta pesado, las cosas pequeñas de cada día cambian algo que se repite una vez tras otra y ayudan a que el tiempo pase entre árboles, risas y esa misteriosa señora con pamela, pero siempre sobre el metal de las vías.