dijous, 23 d’agost de 2007

Entre montañas y canales

Entre las telas del dosel del castillo de Baviera, Lord Azrael dormitaba mientras su chambelán corría las cortinas de las amplias ventanas por las que se filtraron los primeros rayos del sol de verano. La decoración barroca de la habitación era un poco exagerada para los gustos victorianos de Lord Azrael pero a su madre le gustaba mantener el castillo de verano de aquella forma. La habitación era bastante pequeña en comparación con la del palacio de Venecia pero sus grandes ventanales permitían una mayor entrada de aire en el caluroso verano. Los dormitorios estaban en la parte alta de la torre de homenaje y en las plantas más bajas el salón-comedor y las estancias de los sirvientes.

No era un gran castillo pero estaba bien conservado. Sus murallas eran más un adorno que un elemento de defensa ya que estaba pensado como una residencia temporal y se situaba en una zona tranquila y aislada de las llanuras bávaras. Pertenecía al Duque Greifenklau de Treveris, un antepasado de Lord Azrael y descendiente de Ulrich von Letchenstein, un gran caballero. No tan majestuoso como el palacio de Venecia desde donde dirigía sus negocios comerciales cerca del puerto y eso le gustaba. Era un hombre de gustos simples y vivir en un palacio de tres plantas de estilo renacentista que se podía desde varias calles de distancia y decorado por una madre de gustos barrocos y coloridos. Era una buena mujer así que no le gustaba contradecirla en una cosa que a ella la hacia feliz y que tampoco le molestaba tanto como daba a entender.

El chambelán le había subido el desayuno desde la cocina del castillo por las escaleras en caracol tan resbaladizas que subían hasta la parte alta de la torre. Las cocinas no eran gran cosa pero tenían lo necesario para preparar diversos manjares, o eso le había dicho la cocinera. No iba mucho por la cocina ni tenía mucha idea de cómo se suponía que debía ser una pero le parecía una estancia un tanto apretada en comparación con la espaciosa de Venecia. Allí las cacerolas estaban colgadas de unas barras metálicas que iban de pared a pared a ras del techo; en Venecia estaban ordenadas en unos grandes armarios que se habían construido después de un pequeño accidente, más ruidoso que peligroso, en el que todas las ollas habían ido a parar al suelo en medio de la noche. Sin duda el espacio en el castillo no estaba pensado para tales armarios, pero aquellas barras llevaban allí algún siglo y aun no habían dado problemas desde que Lord Azrael recordaba.

La mayor diferencia era el salón, que no es que fuera pequeño pero no era nada comparado con el de Venecia que ocupaba todo el tercer piso. Los tapices, un poco descoloridos por la luz y el tiempo, le daban un aspecto calido pero su madre se desmayaría si hiciera colgar unos iguales en el salón del palacio de Venecia donde siempre celebraba fiestas para todos aquellos aristócratas aficionados a la música y los bailes.

Las comparaciones no tenían sentido en cuanto al espacio, el castillo de Baviera no estaba pensado más que para pasar unos días en verano y el palacio de Venecia era uno de los más grandes de la ciudad. Los estilos eran totalmente diferentes, pero al menos se sentía bien en aquel castillo que parecía estar pensado para personas de su tamaño y no para gigantes como aquel palacio que aun le resultaba frío.