dijous, 23 d’agost de 2007

La cruz de plata

Estaba triste y cansada de las cosas, tenía sueño pero no podía dormirme. Debía acabar el trabajo pero los ojos se me cerraban. El timbre sonó, dude si abrir la puerta, era tarde y no esperaba a nadie. Una señora de aspecto afable estaba al otro lado de la puerta, la mirilla estaba un poco sucia y no se veía muy bien pero estaba segura de no conocerla. Si era otra vendedora a domicilio no tenía tiempo pero me pareció de mal gusto no abrir la puerta ya que no parecía que fuera a moverse de allí. Tanteando encontré las llaves colgando de la cerradura de la puerta y las giré para abrir la puerta.

La señora, de unos treinta años, me sonrió y me pregunto por mi trabajo. No acabé de entender la pregunta, o al menos eso sé ahora, y le dije que si era de la empresa que me había estado llamando últimamente y estaba allí para ofrecerme algún cambio de trabajo no estaba dispuesta a tal cosa y que me gustaba el trabajo que hacia. Se rió y no lejos de que me sintiera mejor estuve a punto de cerrarle la puerta y seguir con mi trabajo. Pero entonces me dijo que no era de aquella empresa y que el trabajo por el que me preguntaba era el que estaba haciendo en aquellos momentos. Una cámara oculta pensé, no me pareció gracioso, más bien daba miedo. Tenía tantas ganas de que se fuera que me temo fui del todo descortés. Le dije que me dijera que era lo que quería y que no tenía tiempo para perderlo con tonterías. Lejos de molestarse o irse, asintió asegurando que sabía lo importante que era aquel trabajo y lo que significaba para mí. Entonces sacó una foto de su cartera, casi pierdo el conocimiento cuando la vi. Era la foto que tenía en la primera página del diario que hace unos momentos tenía entre las manos. Imposible. No sabía que hacer pero ante una situación tan surrealista me pareció que no tenía mucho sentido guiarse por el sentido común. Hice pasar a aquella extraña hasta la sala.

Con la luz del interior pude ver mejor su cara, ¡era yo! Me eche a reír como una histérica y me acabe el poco zumo que quedaba en mi vaso. Necesitaba serenarme, me estaba volviendo loca o necesitaba descansar. Nada de eso me contestó, solo he venido para preguntarte donde has puesto la cruz de plata que te regalaron por tu aniversario. Se que la escondí cuando tenía algunos años menos que tú y no puedo recordar donde la escondí siguió diciendo tan tranquila como si aquello que estaba pasando fuera un hecho normal. Lo mejor era contestar a su pregunta y que me dejara seguir con mi trabajo, estaba cansada y quería dormir.

La cruz la había guardado en una caza de latón en el baúl del sótano. Ella sonrió, me dio las gracias por recordarle donde la había puesto y se fue tan tranquila como había entrado. Estaba consternada, no sabía que pensar ni que decir así que no hice ni dije nada. Volví a mi trabajo y acabé lo que debía hacer. Me quede dormida sobre los papeles y me desperté un poco más tarde de las nueve.

Recordaba el encuentro pero a temor de dudar de mi propia credibilidad decidí escribirlo en mi diario para no olvidar donde estaba la cruz de plata.